EL Santero

de Raúl Silanes

Primera Parte



(Extraído de www.proyectodesiertos.com.ar, @Fernando Silanes)

El santero Pancho Luco al amanecer ordena sus pensamientos. Antes se levantaba a las cuatro en punto, cuando la tierra temblaba: era el paso del tren despertando a los animales y a la gente. Sin esa señal se acerca a la ventana, para que el día golpee su rostro amarillento, acosado por la incertidumbre. Mira la basura que tiran los aviones, a lo ancho del turbulento desierto, todavía oloroso a sudor animal. Piensa que la gente tiene razón: sin tren esto no vale nada. Bastante costó traer hasta aquí el ferrocarril que ahora no pasa. Quienes lo recuerdan, van del asombro a la incredulidad: nunca terminan de contar anécdotas. Dicen que ahora la locomotora y los vagones se pasean de noche sin ruido, como un fantasma terco, ganado por las distancias que sofocan a las bestias. La gente de Resurrección adivina en ese estremecerse la presencia de sus muertos: deambulan de un lado a otro confundidos con los vivos, haciendo tintinear los relicarios que cuelgan las viudas en las paredes. Estamos hablando de un pueblo que tiene noventa casas de adobe, salvo la de los Morales, única hecha con ladrillo cosido: apenas treinticinco de esas casas habitadas, a dos mil metros sobre el nivel del mar, aisladas en pleno desierto por la chatarra que tiran los aviones. La proximidad del otoño se percibe en la dirección que toman los pájaros. Don Pancho Luco mira el edificio de la capilla: tiene más de trescientos años. Lleva el nombre de la Virgen de las Lagunas, en honor al antiguo paisaje de la zona, antes que la aviación chatarrera volcara aquí los desperdicios de las ciudades. A pesar del calor por dentro la capilla es fresca. Llegar a pie hasta ella, al santero le lleva media hora. No hay que seguir un camino cierto, sino más bien una senda que el viento arrastra de un lado a otro, como la calle principal, zanjeada al medio por la obra inconclusa del agua potable. El santero evita pasar cerca del árbol donde las enlutadas amarran a los niños que se enamoran de sus madres. Desde arriba del árbol donde permanecerá atado tres meses, un niño observa con la vista enrojecida el orden del mundo como algo irreal, donde sólo el paso del santero parece desafiar el verdadero sentido de los acontecimientos. El sol comienza a mostrar que mantiene intactas sus reglas de destrucción. El santero apura su paso. No levanta la vista hacia el niño amarrado en lo alto del árbol. Pisa sus propias huellas de los días anteriores. Ese es el único momento del día en que cree o presiente que, el aburrido transcurrir de los años, sufre por fin una alteración; y no de cualquier orden, sino importante. Por eso al llegar a la capilla, antes de entrar, contempla el horizonte. Su trabajo es solitario, aunque suele dejarse ayudar por algún muchacho: también lo acompaña un público infantil ávido, niños aburridos de las maravillas que ocurren en el chatarral. En ese momento aparece el curita Contreras en el frente del templo: empuja la pesada hoja de la puerta de madera para permitirle el paso. Del interior de la capilla escapa el suspiro de los muertos enterrados en las paredes y en el piso. El curita Contreras enciende un farol: a pesar de la hora, adentro del templo no se ve: los santos surgen desnudos, prácticamente en carne viva.
2
El santero elige las herramientas que dejó limpias el día anterior. Las tantea, las alza al trasluz, comprueba. Se acerca a revisar los santos desnudos, sobre los que trabaja desde hace una semana. Al tocarlos percibe un lamento filoso, crujiente, como de hojas secas. Palpa el espesor del barro, la aspereza de la arcilla, la densidad de la tiza. Corrobora su estado con la yema de los dedos. Los quejidos iniciales se van disolviendo, en la calma que él, poco a poco, mediante una minuciosa reconstrucción, les otorga a los cuerpos de las imágenes sagradas. Sobre los rostros de los santos y las vírgenes canonizadas, don Pancho acaricia las grietas que han hecho las polillas. El daño del descuido y los años, el gasto de tantos besos dados a la madera. Verifica la enfermedad inferida por los desangradores, por la sequía y por los tóxicos que desprende el chatarral. Huele el aroma de los profundos senderos que han dibujado los gusanos, como si se tratara de cuerpos humanos verdaderos, carcomidos por la podredumbre natural de la carne. El viento zumba dentro del templo y frota con infinita paciencia el barro de las paredes. Esmerila los dorados del atrio. Pule los metales de los candelabros y lija la superficie de los reclinatorios. En la penumbra de aquél polvillo, don Pancho deja a sus manos hacer milagros. Así parece entender, a través de la mirada, el curita Contreras, retirándose sin hacer ruido. También el salitre carcome a los santos. Y ayuda aún más al deterioro el excremento de las palomas del campanario. Otro elemento que colabora en aquella decrepitud, es el permanente saqueo de los desangradores: se llevan los copones de oro, los cálices repletos de hostias, las bandejas de plata, las llaves de hueso, los rosarios tallados en piedra y las matracas de algarrobo. La sequía sigue. La tierra se hincha como la masa del pan cuando empieza su fermentación. Los girasoles plantados por el Loco Soriano, para marcar el límite entre una casa y otra, se marchitan despidiendo un olor dulzón. Los soldados que regresan de las dunas tiran sus fusiles al llegar a la plaza, cubiertos de salitre, con sus ojos hundidos y apagados. La "guerra ganada" ha terminado y comienza ahora la "guerra perdida". Se ve surgir en las apagadas pupilas de los soldados la mancha blanca del miedo, y las lágrimas de pus cayendo sobre sus mejillas, mientras va cegándolos despacio. Cuando un desangrador empieza a tener miedo, su aspecto se hace miserable, su crueldad triste y su valor desesperado. Es el momento en que se vuelven peores. Los prisioneros que vienen del desierto, ya no son aquellos de los primeros días de intervención militar, a quienes los soldados acompañaban a pie, pisando durante días el polvo salitroso. En la primera época, las enlutadas daban de beber y de comer a los prisioneros: durante la hora de descanso los prisioneros eran casi libres, y a la orden de un silbato del enano Correa, la columna se ponía otra vez en movimiento. Las enlutadas, los viejos y los niños, seguían los espectros durante un largo trecho, hasta llegar a un sitio donde se paraban, para verlos desaparecer detrás de las dunas. Ahora las columnas de prisioneros son cada vez más escasas: los soldados que las escoltan ya no caminan a su lado con el fusil al hombro, sino que vigilan los flancos gritando con voz ronca, sin dejar de apuntar a los pobres infelices. Pálidos y descarnados, los prisioneros arrastran los pies muertos de hambre y de sueño, mientras las enlutadas los miran pasar con los ojos llenos de lágrimas, murmurando en voz baja: "Hay que aguantar". Ya no les queda nada para dar, ni siquiera un pedazo de pan o un vaso de leche: los desangradores se llevaron todo lo que no quemaron. Sin detenerse las columnas cruzan el pueblo, naufragando en el mar de arena. Ahora se advierten cambios incluso en el rostro del enano Correa, mostrando su rostro semejante al diablo que, en los autos sacramentales, se sitúa sobre los últimos peldaños del altar, frente al gran ángel vestido de lata. Ante el enano Correa los resurreños advierten el temor a ser descubiertos, a exponerse indefensos a cualquiera de sus ataques de rabia. Ante él, todos enmudecen, salvo el santero. De pronto llega a la plaza un lamento. A primera vista la plaza está desierta. Pero de nuevo se deja oír: es un murmullo ronco, luego una especie de aullido, tal vez el relincho de un caballo moribundo. "¡Malditas culebras!", exclama don Conti, lleno de asco y superstición, junto a la entrada de la iglesia. Poco a poco, mientras se van habituando los ojos al deslumbrante reflejo de la arena, don Conti y el santero creen distinguir una mancha oscura sobre las dunas. Es algo así como una forma vaga que, al verlos, emite un terrible llamado derrumbándose. Se trata de un jabalí cuyo pelo casi azul brilla hiriendo los ojos. Tiene desgarrada una pata. Quizás se ha caído en alguno de esos pozos de quirquinchos donde anidan las culebras. Se ha arrastrado hasta el pueblo atraído por el olor de las casas. Y ahora yace jadeante sobre la arena. Cuando se acercan el santero y don Conti, la bestia intenta levantarse sobre sus patas traseras, pero cae de rodillas gimiendo. Es grande como un burro. Husmea el aire intentando reconocer algún olor familiar. Se arrastra a través de la plaza, en dirección a la Casa de los Morales. Allí se echa a los pies del árbol de los castigos, donde cuelgan cabeza abajo varios prisioneros, entre dos inconmovibles centinelas. El Animal Videla duerme la siesta a aquella hora: el sueño de un tirano es mucho más ligero que el de los seres normales, por eso despierta ante los lamentos del jabalí herido, y enojado ordena que el enano Correa le informe del asunto. Luego se presenta en el patio envuelto con un pesado abrigo de piel de cabra, que luce a gusto sin importarle el calor. Se acerca al jabalí. Se inclina para examinar la pata maltrecha y empieza a hablarle en voz baja, acariciándole el cuello con su mano enguantada, mientras en la otra sostiene su arma. Gime el jabalí herido lanzando débiles quejas y ladeando la cabeza para lamerse la lastimadura. Hay un momento en que al mover el jabalí la cabeza, se enreda uno de sus largos colmillos en el abrigo del Animal Videla. Es tal la fuerza de la bestia que, al dar un tirón para desenredarse, hace tambalear al Animal Videla. Los soldados más cercanos se apuran, para ayudarle a liberar el abrigo de los colmillos del jabalí. Hay un disparo: una mancha de sangre se extiende sobre el patio. Es una escena que encantaría a pintores como Chalo Tulián o Alfredo Ceverino, quienes llegan a estos arenales bien provistos de papel blanco y lápices rojos.
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Ahí está el santero don Pancho Luco, en medio del templo de Resurrección, después de haber observado el paso del jabalí herido.

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